foto: ARdelasH  (Teotihuacan - México)

Despreciamos la quietud

como si fuera la inmovilidad improductiva del sufrido pollino.


Sin embargo,

la quietud es la forma de que el tiempo se remanse

y no te arrastre,

y al braceo para mantenerte a flote

no le llames equivocadamente actividad.


Si el tiempo se remansa

se hace espejo

como una lámina de agua.


Entonces te reflejas tú y el mundo que te rodea.

Sólo así en la reflexión del espejo

consigues verte con el mundo.

Porque cuando lo miras directamente

lo ves sin ti.

Ajeno.


No es extraño, entonces,

que te comportes de manera diferente

a cuando por la reflexión

te ves inseparable de la cosas del mundo.

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Hoy se desprecia más aún la reflexión,

por lo que tiene de necesaria quietud.

Y en un modelo de sociedad

en donde se confunde la actividad con la agitación

y busca la productividad a toda costa

no se entiende el valor humanista de la reflexión.

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Se prefieren las recetas a los conceptos,

los resultados a la búsqueda,

la meta al camino.

El experto que da procedimientos

al maestro que plantea dudas.


Y la Educación se ha entregado sin recato ni resistencia

a complacer esta demanda del sistema económico

y de unos ciudadanos encandilados con este modelo de realización personal.

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Lo más triste es cuando ya no sólo cala en el sistema educativo,

sino en personas comprometidas que quieren cambiar el mundo,

y rechazan, sin embargo, la reflexión

por considerarla alejamiento y retraso de la acción,

que se reclama que sea inmediata.

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