Permítanme que les narre una historia.


Una historia que tiene lugar en el siglo XVIII.


El príncipe Nabusán,

en el reino oriental de Serendib,

estaba prendado de la cultura occidental

por los contactos que le habían llegado regularmente

a través de los navegantes europeos.


Pensó que la mejor forma de apropiarse de esta cultura

era hacerse con el mayor número de sus libros.


Así que encargó al polígrafo, políglota y bibliotecario de Amberes,

Robert Cailliau,

que buscara, seleccionara y comprara

el mayor número posible de libros

para levantar una excelsa biblioteca en su palacio.


Cailliau se empeñó en la tarea durante dos años.

Al cabo de los cuales llenó

con centenares de cajas de libros

las bodegas de un gran barco de carga

atracado en el puerto de Amberes.


Y partió en él para rematar su trabajo

con la entrega personal de la colección,

tan cuidadosamente compuesta,

al príncipe Nabusán.


Una larga y azarosa travesía.


Quizá iba demasiado cargado de libros.

Porque el barco no soportó una fuerte tormenta en el Índico.

Y se fue al fondo

con todos los libros

y la tripulación...

a excepción de Robert Cailliau,

que aferrado a unas tablas

terminó arrojado a la arena blanquísima de una playa,

por el sino de las olas y las corrientes,

tras un abrasador día y una interminable noche.


Era la playa de una isla desierta.


Pasó el tiempo.

Sin meses ni años.

Sólo días idénticos.


El bibliotecario se desesperaba:

nada que leer.

El escritor soñaba con una hoja en blanco.


Su situación podría recordar a la tan desgraciada que soportaba,

en esa misma época,

Henri Masers de Latude.


Fue un personaje famoso de las cárceles de la monarquía francesa.

Estuvo encerrado en la Bastilla y Vincennes durante 35 años,

desde 1749 a 1784.


No dejó de escribir misivas a Madame de Pompadour,

al Rey

y a miembros de la Corte.

Tal era su insistencia

que se le retiró el papel y la tinta.

Pero se las ingenió

para formar una tableta

con migas de pan apelmazadas

e inscribir sobre ella.


Pero fue más allá,

y hoy se conserva en la Biblioteca Nacional de París

trozos de su camisa

sobre los que escribió con su sangre.


¿Dónde y cómo poder trazar unas palabras en esta isla arenosa?

Se preguntaba el solitario Cailliau.


Tenía dos soportes:

el mar y la arena.


Hacerlo sobre el agua sería sólo un gesto.

Así que escribiría sobre la arena

y sus palabras quedarían retenidas

hasta que el viento o la marea las borrasen.


Fue entonces

cuando al alisar la arena ondulada

para disponer de una superficie tersa donde escribir

observó que brotaban palabras.


Volvió a repetir la operación

y en distintos lugares de la playa:

el deslizamiento de su mano sobre la arena

desvelaba palabras escritas en ella,

que hasta entonces estaban cubiertas por la capa que rizaba el viento.


¿Cómo era eso posible?


Su sorpresa fue mayor

al darse cuenta de que recordaba unas palabras aparecidas en la arena:


En peu d’heures il parvint à distinguer les paroles,

et enfin à entendre le français.

Le nain en fit autant,

quoique avec plus de difficulté.

L’étonnement des voyageurs

redoublait à chaque instant.

Ils entendaient des mites parler d’assez bon sens:
ce jeu de la nature leur paraissait inexplicable.


Eran de la historia filosófica

Micromégas

de Voltaire.

Había leído la segunda edición realizada en Londres,

la de 1752.

Y ésta y otras obras de Voltaire

las transportaba el barco hundido.


Cambiaba de lugar en el inmenso arenal,

alisaba la arena

y brotaba otro libro.

Libros con contenidos de todo tipo:


libros de asiento

y libros de caja,

libros de memoria,

copiadores,

talonarios,

antifonales,

libros verdes,

libros de bitácora,

libros de las 40 hojas,

es decir, naipes,

libros en todas las lenguas

y libros que ya había leído.


Enseguida descubrió

que bastaba deslizar muy suavemente la mano

por las palabras reveladas en la arena

para que aparecieran las que seguían en el texto.


¡El náufrago,

el bibliotecario,

estaba sobre un libro mundo,

un libro infinito,

un libro de arena!


Aprendió también a preparar su espacio de escritura sobre la arena

y que lo escrito se conservara de igual modo

que los incontables textos que la playa guardaba.


Tuvo que contenerse

porque su cuerpo y mente comenzaron a flaquear,

ya que por el día leía y escribía en la blanquísima arena reluciente

y por la noche era tentador continuar

pues la fosforescencia de las diminutas algas

mezcladas con los granos de arena

daba un encanto de intimidad

a la actividad de leer y de escribir.


Un día,

en una de sus incursiones por el interior de la isla,

comprobó que no había sido el único mortal

que había llegado a este remoto lugar.

Un esqueleto yacía entre la austera vegetación de la isla.

Una Biblia se mantenía sobre el pecho.

No quedaba rastro del papel de sus hojas,

sólo la piel de las cubiertas.


Seguía pasando el tiempo

rectilíneo como un rayo de luz.

Los días eran instantes

como puntos de una línea recta.

Nada se repetía,

porque nada cambiaba.

Nada se recordaba,

porque nada pasaba.


Pero la vida del pobre Cailliau

se hizo soportable

con la lectura y la escritura interminables.


Finalmente,

una mañana con la luz cenital del mediodía

sus ojos no le engañaron

y tuvo la certeza de que ese punto blanco

que se resistía a fundirse en azul

no era la espuma de las olas.

Un barco se acercaba a la isla.


Volvió a su añorada ciudad de Amberes.

Contó su historia del libro de arena infinito.

Pero quienes la oían

pensaban que la edad avanzada,

la soledad o la insolación durante tantos años,

o las tres causas a la vez,

le hacían desvariar.

Por eso cuando falleció a los 76 años

la historia del libro de arena se apagó

con el primer soplo de olvido.


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¿Asistimos hoy al naufragio de la cultura basada en el libro códice,

que no resiste los embates tecnológicos

como no resistió la tormenta

el barco que transportaba los libros destinados a Serendib

con la memoria del mundo occidental?


¿Estamos como Robert Cailliau sobre un libro de arena,

sobre un libro mundo,

en el que los granos están hechos de ceros y unos,

de bits?


Y de ser así,

¿lo reconocemos aunque no tenga la forma del libro de papel

y se nos presente como un ilimitado arenal?

¿Sabemos leer y escribir sobre la arena,

como descubrió y se las ingenió el náufrago Cailliau?


¿O por tener la Biblia

no descubrimos lo que también tenemos con nosotros,

como le sucedió al otro náufrago?

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Pensó que la mejor forma de apropiarse de esta cultura

era hacerse con el mayor número de sus libros.





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...el barco no soportó una fuerte tormenta...


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¡El náufrago,

el bibliotecario,

estaba sobre un libro mundo,

un libro infinito,

un libro de arena!


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...comprobó que no había sido el único mortal

que había llegado a este remoto lugar.