El «¡Hágase la luz!» del Génesis tiene dos momentos reales. Cuando pasados unos trescientos mil años del Big-Bang el Universo deja de ser opaco, pues, entre otras condiciones concurrentes, su enfriamiento permite la estabilidad de los átomos y ya no ser así un plasma de partículas sobreexcitadas que impide cualquier travesía por ellas. Y cuando la evolución de la vida, más de trece mil quinientos millones de años después, consigue que el cerebro alcance una complejidad que permita los primeros destellos de la luz del conocimiento. Dos momentos clave en la construcción de la realidad de este Universo en el que vivimos.


El ser humano despierta a la vida en un entorno que es un mundo abrumador de singularidades y de sucesos irrepetibles. Todo es distinto, cada cosa difiere de todas las otras, cada suceso no se repite. Un mundo tan denso que podemos decir que los árboles no nos dejan ver el bosque. Y la maravilla del cerebro y su capacidad de abstracción es que cortan los árboles… y vemos el bosque. La abstracción hace transparente el mundo, porque deja de ser un mundo opaco de objetos singulares, irrepetibles, y pueden traspasarlo las palabras, es decir, emerge el lenguaje. Sin esa capacidad de abstracción no tendríamos palabras.


La gran revolución de la ciencia en la evolución humana ha sido que ha potenciado fabulosamente la capacidad de abstracción, de cortar árboles para ver el bosque (es decir, formular leyes, elaborar teorías, señalar regularidades), y al hacer más y más transparente el mundo, otros lenguajes, los formales y artificiales que genera la ciencia, traspasan e iluminan el mundo y nos muestran un paisaje fascinante y cada vez más dilatado y profundo. Otra manifestación del «¡Hágase la luz!».


Abres los ojos… y ves el mundo. Y ante este espectáculo, lo miras. La mirada recorta lo que ves, pero no lo empequeñece, sino que lo revela. Mirar supone incluir en el campo de la mirada y también excluir, y el resultado de esta exclusión y de esta inclusión es la creación de unas relaciones entre las cosas del mundo que ves. Por eso la mirada es revelación del mundo y, como hay tantas posibles, todas las miradas del mundo no lo agotan, sino que lo recrean incesantemente. Pues bien, si el conocimiento es ver, la cultura es mirar. La cultura es cómo miramos el mundo que vemos. El conocimiento desvela y la cultura revela.


El fotógrafo belga Charles Henneghien ha recorrido los museos con su cámara Leica M captando las actitudes de los visitantes ante las obras expuestas. Y tiene una fotografía muy expresiva: una madre está agachada, en cuclillas, junto a su hijo pequeño, señalando con el brazo extendido un cuadro, mientras el niño mira hacia otro lado. Una magnífica metáfora del poder y su empeño de dirigir nuestra mirada, de que el mundo se revele de una determinada manera, de una cultura oficial cuando la cultura es siempre plural. Empeño en fijar la mirada, cuando la cultura es cruce de miradas.


Y aquí está el papel esencial de la educación: proporcionar a la persona autonomía para que mire el mundo sin tener que seguir el dedo que dirija la mirada. Por eso la educación, además de abrir los ojos, de proporcionar conocimiento, es aprender a mirar lo que te hace ver, es decir, la educación es inseparable de la cultura. Sin embargo, parece que esta formación cultural se ha descuidado por la exigencia del sistema económico de que la educación prepare operarios, eso sí, de alta cualificación, que es decir sobrespecializados, para lo que la producción necesite en cada momento. Entender que la educación no es solo formar para el trabajo, sino para la vida, es clave para iniciar desde su base, y no por sus adornos y remates, el cambio que la educación necesita.

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